La naturaleza de la adicción: Ver el cuerpo en lugar del alma

El concepto de adicción nos otorga un nuevo punto de vista para entender aspectos fundamentales de la espiritualidad: Qué origina sufrimiento en la vida y qué trae sentimientos de paz y bienestar.

El término adicción se ha vuelto popular porque brinda una herramienta concreta para definir una  experiencia que la mayoría de nosotros conoce: una dependencia obsesiva hacia personas, sustancias, dinero, bienes materiales o situaciones. La mayoría de nosotros estuvo alguna vez atado sin remedio a alguien o experimentó una atracción obsesiva. Casi todos sabemos como es sentir que “tengo que tener eso, sea como sea”, o nos hemos puesto histéricos porque alguien no estaba de acuerdo con nosotros o no nos daba lo que queríamos. Si alguna vez violaste tu escala de valores o ignoraste tus responsabilidades buscando satisfacer un deseo irrefrenable, conoces la experiencia de la adicción.

En el siglo 1ro. A.C., el pensador griego Epictetus sugirió que toda infelicidad proviene de intentos de controlar eventos y personas que no podemos controlar. Una idea fundamental en el Budismo es que el apego es la causa de todo sufrimiento humano. Podemos apegarnos practicamente a cualquier cosa: a sustancias, a la riqueza, a ideas, a teorías, a creencias, a placeres sensuales e incluso a la idea de desapego. Cuando nos esclavizamos a nuestros anhelos perdemos la conexión con nuestro centro espiritual. El Budismo también afirma que las personas sufren al no aceptar realidades como el dolor, la enfermedad, el cambio constante, el envejecimiento y la muerte. Cuando las personas intentan escapar de estos aspectos de la vida terminan sufriendo.

La paz y el contento llegan cuando abandonamos los apegos exclavizantes. Desde las enseñanzas suaves y no combativas del Budismo se nos aconseja no intentar eliminar nuestros deseos de la vida, sino tomar conciencia de ellos, observarlos, sin perseguirlos ni atarnos a ellos.

La madre Teresa llega a la misma idea desde un enfoque distinto. En la película acerca de su vida, ella habla repetidamente de “aceptación” y “entrega” para ser libre. Habla de estar donde Dios quiere que estés. Ve a la entrega como aceptación de lo que Dios te da, ya sea perder todo lo que tenías y terminar en la calle, o recibir un palacio de regalo. Lo importante es no ponerte a vos mismo en la calle o en el palacio, sino aceptar lo que se te dá y dar lo que se te pide. Sus palabras se asemejan a la enseñanza de los quáqueros acerca de que la felicidad y la paz provienen de ser fieles a la luz interior y seguir nuestro llamado.

Tanto Epitectus, la teoría Budista y la visión de la madre Teresa se centran en la experiencia interna del individuo. La serenidad se pierde cuando se intenta controlar lo que no puede ser controlado. Los católicos de los primeros tiempo abandonaron la idea simple y no enjuiciadora de “apego” y la sustituyeron por una lista de “pecados” específicos que “violaban la ley divina”, “destruían la amistad con Dios” y causaban la “muerte del alma”. Estos pecados eran: el orgullo, la lujuria, la ira, la envidia, la codicia, la gula y la pereza.

Cuando estos apegos fueron etiquetados como “pecados”, mucha gente empezó a verlos como “imperfecciones” que había que eliminar. Era necesario ahogarlos: morirse de hambre, dejar el sexo (salvo para hacer bebés) o vivir sin posesiones materiales. En lugar de considerarlos parte de la experiencia humana y de intentar equilibrarlos, estos “pecados” eran vistos como “deseos” que el ser humano debía desechar para volverse “santo”. Perdiendo de vista el hecho de que la lujuria no es lo mismo que el buen sexo y que la codicia no equivale a tener lo suficiente como para estar cómodo, se veían al sexo y a las posesiones como los enemigos, y luego se presentaban modelos de personas “puras”: sacerdotes y monjas que habían hecho votos de castidad y pobreza y mártires católicas que habáin preferido la muerte a la “impureza”.

Todo esto transmitió un mensaje trerrible acerca del sexo: como un sacerdote una vez dijo, “¿Por qué no puedo servir a Dios y amar a una mujer al mismo tiempo?” Lo mejor era no tener sexo. Tenerlo para concebir bebés que serían educados en el Catolicismo también estaba bien, pero el sexo por placer era malo.

Hoy hemos empezado a considerar estos “pecados” como posibles adicciones, En lugar de gula, decimos comer compulsivamente. En lugar de lujuria, adicción sexual. Por codicia decimos gasto compulsivo, y la envidia es un componente importante en la codependencia. En otras palabras, estamos aprendiendo a reconocer los motivos inconscientes que nos impulsan a hacer cosas que antes eran consideradas actos voluntarios. Así es como ahora podemos ver estas urgencias con una mirada más comprensiva, bajo una luz menos avergonzante, dentro de un enfoque que es infinitamente más sanador, ya que acepta estas realidades naturales de la experiencia humana.  

Extraído del libro de  Charlotte Kasl Davis, “Women, Sex & Addiction”

Despertar a Uno Mismo

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