Uniendo el cielo con la tierra
El pasado fin de semana me fui a un pequeño pueblo de la provincia de Buenos aires, Argentina. Como habitante de la gran urbe quedé maravillado ante la limpieza de sus calles, plaza y parques; la paz y respeto de sus gentes; el uso de la bicicleta como medio masivo de traslado, incluso por sobre los automóviles.
Como buscador espiritual me llamó la atención la suavidad de sus árboles. Vinculé esa suavidad con su gente. Sus troncos tersos contorsionándose mágicamente, su estética digna de las esculturas de Miguel Angel, sus copas desplegando el colorido de un otoño celestial.
Siento a los árboles como seres maravillosos. Firmes, bellos, uniendo el cielo con la tierra. Sus raíces, en un abrazo amoroso se nutren de la madre tierra; sus ramas y hojas tomando la luminosidad y calor del sol, intentan tocar el cosmos con sumo respeto y contento. Cuanto que nos enseñan y no vemos. Nos entregan su belleza, su sombra y sus frutos; su dignidad, autoestima y presencia. Monumentos a admirar, regalos que nos brinda generosamente la madre tierra; los que tendríamos que agradecer, valorar y fundamentalmente cuidar.
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